Mi primer Bad House Mark

Mi primer y único Bad House Mark me lo dio César Mongrut cuando yo estaba en Form I, por usar una cadena que mi papá me había regalado por mi santo. 

Me acuerdo haber llorado todo el día. ¿Qué tenía de malo usar una cadena? ¿En todo caso, por qué es que a mí me pusieron un Bad House Mark cuando habían chicas con tres aretes que pasaban desapercibidas? El Bad House Mark iba a manchar mi futuro. No me iban a aceptar en la universidad. Mi promedio en el Report iba a bajar. Todo era terrible. 

Obviamente, después de un pep talk de mis papás, y habiendo reflexionado por mi cuenta, eventualmente concluí que un Bad House Mark no me definía. Pero eso no descartaba el hecho que sufrí de una gran injusticia. 

El Bad House Mark, en mi opinión, aunque a veces entregado con buen motivo (por ejemplo, en el caso de una gran irresponsabilidad o falta de respeto), la mayoría de las veces es usado de una manera ridícula. Más que culpar al Bad House Mark, yo culpo a las reglas tontas del colegio. “No te pintes el pelo ni las uñas. No uses una cadena. No uses una pulsera. No tienes la libertad de expresarte como deseas.” Con todo respeto, ¿cómo es que tener las uñas rosadas afecta negativamente mi educación, y la de mis compañeras? Altamente dudo que tan pequeño detalle nos vaya a distraer. Entiendo que usar joyas en P.E. puede ser peligroso, y sí hace sentido la necesidad de quitártelas durante ese periodo, pero ¿qué daño puede hacer usar una pulsera en inglés? Cuando entremos a la universidad, vamos a conocer personas de todo tipo (y sí, incluyendo personas con el pelo azul fosforescente, con uñas rojas, o con diez aretes), que evidentemente vamos a aceptar tal y como son. Al prohibirnos expresarnos, el colegio nos está definiendo lo que está “bien” y lo que está “mal”. Según el colegio, está bien desaparecer entre las demás, y está mal sobresalir y ser tu verdadero yo.  
Muchas veces he escuchado a las Headteachers decir que “el colegio tiene reglas porque el mundo real tiene reglas.” Claro, el mundo tiene reglas, pero esas reglas son reglas que sí hacen sentido. No existe ninguna ley que diga que no tengo el derecho de expresar mi identidad. Al someternos a ser perfectas (es decir, a cumplir con un estándar anticuado sobre cómo las chicas del San Silvestre se deben vestir y comportar”), el colegio se despoja de nuestra individualidad.

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