Reflexiones en tiempo de cuarentena

Y de pronto apareció, sin avisar y sin invitación; la muerte tocándome la puerta, tan inoportuna como siempre. Su silencio me ahogaba. Su mirada penetrante me acosaba tras el vidrio; tan lejos pero al mismo tiempo tan cerca, tan real. Trate de ignorarla. No abría la puerta y desviaba mi mirada, pero es incansable cuando se emperechina y ahora nadie la puede parar. Soy su presa y no parará hasta conseguir su cometido. Es paciente pero intensa, su mirada me quema. La esquivo pero siempre regresa, asentándose en mi mente, envenenando mis pensamientos con su naturaleza inevitable. No sirve correr pero igual lo intento. Me escondo pero siempre me vuelve a encontrar. Como un niño asustado me meto bajo la cama, las rodillas en mis orejas, ojos cerrados y oídos tapados. Si no te veo no existes. Si no te escucho no existes. Si no te siento no existes. 

Pero si existes. Existes y lo se porque te siento en cada ola de dolor que pasa por mi cuerpo como un tsunami, derribando y abollando. Le veo en cada lágrima y te escucho en mis llantos. No importa que tan fuerte cierre los ojos, se que cuando los abra estarás ahí, mirándome a la cara. 

Un día apareciste, sin invitación y sin aviso. Apareciste y me condenaste a una vida contigo en mi espalda. 

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