El paso final no siempre es el último

Hoy no estaría donde estoy si no fuera por las acciones que conllevaron a la realización de este presente. Siendo la vida una travesía sin un destino determinado, me llena de orgullo que cada paso que emprendamos en ella sea confuso en su tiempo, pero que nunca se dude del último de ellos. Y es que si se duda del último paso es que podemos no estar listos para alcanzar el mayor bien común que nos unifica a todos. Aquellos que alcanzaron dar el paso con fe, sintieron que no solo podrían estrechar sus lazos con sus antepasados, pero dejar huella de una vida incomprensible solo para uno mismo. 

Es cuando uno encuentra las huellas que el camino es más visible. Pero cuidado con encontrarlas en el desierto, que una tormenta de arena podría encubrirlas rápidamente. Por eso, es mejor encontrarlas a la orilla del río, volando si hace falta, para no tocarlas. Basta verlas desde el cielo para dirigir nuestro ojo a su origen. Siguiendo un camino de huellas, pude llegar a la China, hacia principios del siglo XX.  Estaba en Hong Kong. Vi un puerto, donde se estaba descargando el cargamento de unos barcos inmensos, dando espacio para cientos de hombres y mujeres que más que disfrutar del interior del barco y su pequeño estrecho de comodidades, disfrutaban la visión imaginaria de su desembarco una vez cruzado el Índico, Atlántico y bajado en curva por el Pacífico. 

Los motivos de irse del milenario país asiático son desconocidos hasta el día de hoy, pero luego de las guerras del Opio con los ingleses y con los días finales de la dinastía Qing, junto con el deseo de explorar nuevas tierras con sus jóvenes amigos, mi bisabuelo así como muchos otros compatriotas suyos emprendieron una travesía que por el momento tendría fin en el Perú. Ellos fueron acompañados de la libertad extraordinaria que el tiempo les encomendó, ya que medio siglo atrás llegó la primera ola de imigración de los culíes Chinos al Perú,  quienes en la ley estaban protegidos de la esclavitud abolida por Castilla conforme al artículo 17 de la Constitución de 1860: “No hay ni puede haber esclavos en la República”. Sin embargo, en las actividades económicas del país comandadas por los empresarios de las islas guaneras y los hacendados que se beneficiaban de ellas, las leyes políticas se diferenciaban de las sociales. Cuando la ley prohibía el tráfico de esclavos negros, el humano permitía el tráfico de los chinos, ay, los chinos, porque de ellos hay de sobra. Alejandro Arrigoni, amigo del reconocido científico ítalo-peruano Antonio Raimondi, le escribe a Raimondi en 1853 luego de visitar las Islas Chincha. Refiriéndose a los culíes chinos : “En las tardes les curo las espaldas abiertas por los látigos a estos pobres desdichados y al día si­guiente en la mañana vuelvo a curarle las mismas heridas abiertas nuevamente por el látigo…”. 

Sin lugar a dudas, poder emigrar sabiendo que la libertad del humano que eres es un lujo que debería ser extendido. El salir permite escapar. No creo que alguna persona piense escapar hacia un latigazo al menos que recibiera dos en su tierra. Sin embargo, entre las llagas del dolor, los pasos de sus hermanos marcados hacía más de medio siglo fueron seguidos, y mi bisabuelo llegó al puerto del Callao en el Perú. A  pesar de no haber pisado en aquellos lugares donde un latigazo era la fuente de dolor diario, la historia de nuestros hermanos se marca en el corazón de cada uno, y no sería un delirio el pensar que uno es víctima de latigazos por el oportunismo de un desembarco en tiempos más nobles. Pisando el Perú con 20 años de edad,  adoptó un nombre con las letras del alfabeto latino. Moisés. Decidió ir al sur, y se vio en Mollendo, Arequipa donde él pudo conocer a su esposa y luego establecerse en Ilo a 17,038 km lejos de la tierra oriental. Abrieron una ferretería y la familia se amplió. Se cuenta que mi bisabuelo nunca dejó de preparar sus platillos Chinos tales como saltados y sopa de gallina, la cual tomaba si no era aspirándola, siempre con unos palillos chinos a la mano. Logró mantenerse al tanto de los sucesos en la China que circulaban intensamente en los periódicos oriundos de ella con la llegada de la revolución de Mao. Pudo además  comunicarse con sus papás y hermanos en la tierra lejana a través de cartas que cruzaban los mares del mismo modo que él había cruzado, para apaciguar los mares de las relaciones que le brindaban amor y seguridad para continuar el viaje en tierra americana. 

No he visto muchas fotografías, pero me basta con mi imaginación para plasmar en un espacio a un hombre de estatura mediana, cara con los huesos marcados, y con una barriga tal cual como un barril sin fondo. No me son extrañas esas características físicas ya que las puedo ver plasmadas en mi mamá y mis tíos. Siempre se dice “tienes los mismos ojos que tu papá”, o “sacaste la sonrisa de tu abuela”; y no es por razón ninguna, porque al decirlo, la imagen de aquellos involucrados se muestra presente. Una vez invocada la imagen de aquella persona, nuestra mente es capaz de recordar el aspecto físico de esa persona y sus virtudes, abriendo así un espacio reinado por los antepasados. Es ahí donde no solo la apariencia de ellos se fusiona con la nuestra, sino también nuestro pensar, nuestros defectos y virtudes, nuestra identidad logra recibir un poco del ayer y del hoy. 

Es hoy cuando percibo que el último paso de todos aquellos que vivieron fuera de su tierra natal fue perfecto.Y es que hubieron dificultades en una travesía tan duradera, pero todo lo que se hizo fue por un bien mayor seguramente no visible en ese entonces; pensar en eso me emociona. Cruzar los mares sin duda fue la primera hazaña de él así como fue y será la de muchos. Pero la comunicación marítima puede que no sea más poderosa que la emocional la cual trasciende barreras del espacio y tiempo. La promesa de una descendencia es un fenómeno actual que se remonta desde hace siglos, con la fundación de las religiones monoteístas. El tener una descendencia tan numerosa como las estrellas fue una promesa hecha por aquel Dios único para sus seguidores según las sagradas escrituras. No hace falta formar parte de una religión para sentirse en una comunidad que crece a través del amor. Son los pensamientos de formar lazos, y estrechar aquellos los que nos van a unir con todos los idos y venidos en nuestra tierra y la que se vuelve nuestra cuando la nutrimos paso a paso con nuestro legado. 

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