Noche estrellada

Luego de abstenerme por meses de las calles grises, sinuosas y desiertas de una ciudad que formó mi identidad, por fin era tiempo de una furtiva escapada a un mundo que parecía ya inexistente. En mi mente no quedaba más que un planeta demacrado, exangüe; una perfecta imagen del daño que infringimos en nuestra naturaleza.  

Al salir de mi burbuja, nada había cambiado. Eran esas calles tan familiares y a pesar de los tiempos difíciles, los pajarillos cantaban altísimo, las plantas modelaban verdes y la tarde se mantenía intocada. 

Los minutos pasaron y cada vez nos vimos huyendo más rápido, atraídos magnéticamente, esta atracción innata, hacia la libertad. Las calles deprimentes, grises, rotas, sucias, por primera vez fueron rutas a un momento irreal y estático. La zozobra había abandonado mi cuerpo, con ella huyendo la pesadez en mi cuerpo y mente. Un hecho merecedor de bravatas. 

Conforme caminábamos cubiertos inútilmente por la delgadez de los troncos desgreñados, sentí un frío cálido. Esta vez el invierno sólo pudo entrometerse con mi realidad física, esta vez no dejaría que la hostilidad y crudeza del invierno apaguen el flamante sol que permanecía en mí. Aquella fortaleza que esta situación me había enseñado. Más bien, el frío por primera vez nos fue algo divertido, una sensación refrescante, fácilmente combatida por nuestro calor.

Cada soplido de aire helado proveniente del este de la ciudad nos llevaba amablemente a las calles de Madrid, a sólo 500 metros de casa. Porque como dicen, viajar es cuestión de imaginación, y de esa tengo mucha. Así que recorrí los siete continentes en siete pasos. Estas calles no eran más que portales a lo vivido y por vivir. Todas mis realidades pasadas, futuras, presentes, se unieron en cohesión, humildes ante el amor de la velada.

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Ahí se restauró la fe y la esperanza, en las calles en las que viví y vivo, calles con nada y todo a la vez. Cuando dejas de concentrarte en las irregularidades de las pistas, las meadas de los perros, la tierra de los cerros, te das cuenta de lo especial que es tu lugar en el mundo, así como Lima. Nunca me había puesto a pensar lo única que es esta ciudad, esta calle con piedras y a la par árboles y humedad, un desierto con pizcas de sierra y selva. 

¿Y estrellas en la capital? Quién diría. Tímidas pero fulminantes, concediéndonos una noche tan especial en un mundo de caos y desconcierto. Una noche real y fantasiosa, donde fuimos los protagonistas de mi propia película, una con un inicio y reflexión y música, pero sin final. Mi papá que odia los musicales no protestó al ser parte de uno, bailando sin gracia pero con humor, moviendo nuestras piernas y brazos, saltando por las veredas como si estas fueran especiales y no construcciones de puro cemento. Cabriolas ondulantes, animadas, y la música provenía nada menos que de la atmósfera, del viento y de las nubes que eran tocadiscos espumantes. 

Sé que la tristeza, pérdida, soledad y desesperación caracterizan la realidad que vivimos hoy. Pero si confías en el niño pequeño con tal imaginación que vive siempre contigo, te dará el poder de la esperanza que solo su inocencia alberga y la posibilidad de hacer de una noche un film. 

Los cuatro nos rendimos ante la majestuosidad de la oscuridad. Esa noche no éramos estudiantes, jefes, creadores; éramos una familia. Por primera vez no había necesidad de ser excepcionales porque no había nadie ante quien probarnos dignos. 

Tenemos que sonreír ante nosotros mismos; ya está visto que en un mundo donde las personas se refugian en sus casas, sus opiniones y prejuicios se desvalorizan más que el dólar en 1929 y perdemos el miedo a monstruos que fueron siempre de papel. Y como alguna vez escuché, asegúrate de que si algún día el resto del mundo desaparece, puedas ser feliz con quien eres y las decisiones que tomaste, porque si las hiciste por el resto quedarás más vacío que el vacío mismo. 

Esa noche pudimos mostrar lo bonito y lo feo sin miedo a quedar expuestos, porque esa era nuestra familia. Y así las familias son el grupo de personas que te llevan puestos en sus corazones granates en cada instante, cocidos al derecho y al revés. 

No había más que amor, y digo amor, no perfección, cada uno con su genio y peculiaridades, pero amor al fin de cuentas, cosa tan rara que se daría por extinta en el mundo.

Lloro de la gratitud que sentí al estar atrapada en una burbuja con las tres personas que se volvieron mi mundo. Y le aplaudo a la tierra por su misericordia y resiliencia, que nos enseñó que es más poderosa, más determinada, más paciente y más sabia de lo que alguna vez pensamos. 

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