Brindis a lo que nunca ocurrió

Creo que muchos de nosotros nos sentimos robados y traicionados. Es como si un petulante geniecillo, malévolo, se hubiera escabullido a uno de nuestros lugares más sagrados, al paraíso de nuestros sueños y esperanzas y haya decidido arrasar con esas frágiles burbujas rosadas que no pudieron ni concretarse, y así ponerle pausa a nuestras vidas. 

Trivialidades cotidianas como degustar la inigualable sazón de las ollas peruanas y las charlas nocturnas con tus mejores amigas y las pijamadas donde por una vez en tu vida le pierdes el miedo al oscuro de la noche. Pequeños detalles que di por sentado como, quinto de media, nuestro viaje de promoción, un viaje a París. Todas estas ilusiones se desvanecieron como por arte de magia, aquellas que estaban empapadas de expectativas y certeza, no había cómo equivocarnos esta vez, pero al llegar una amenaza vimos bajo clara luz que estas ilusiones no eran en esta ocasión pero trazos sinuosos y propuestas insolentes.

El futuro ha sido vendido como el Hada de los dientes y Papa Noel. Siempre fue una promesa y un reino donde podría algún día recuperar las oportunidades que dejé pasar desapercibidas y disfrutar los frutos de un buen trabajo. 

Para mí el futuro era sinónimo de cierto, confiable, sólido. Nunca he tenido que preguntarme si es que mañana habrá comida en la mesa o no; he tenido tanta suerte que “gracias” no puede abarcar este sentimiento furtivo.

Más que todo, esta crisis me ha enseñado que el futuro no es lineal y simple, es de hecho complejo, un embrollo de posibilidades, desenlaces de eventos, estadísticas. Fluctuante como los niveles de azúcar de nuestros cuerpos, y en parte humano, comete errores y aprende y triunfa y crece. El tiempo futuro, tan subjetivo, escurridizo, hipotético. Nunca había comprendido que no es absoluto y no nos pertenece. 

Vivimos en nuestras propias vidas, y por más que nos rehusamos a creerlo, somos el centro de cada una de ellas; decidimos qué pie ponemos delante, a quiénes ayudamos, cómo amamos. Y según yo, yo era capaz de planear toda mi vida. Sin embargo, el futuro tiene más en consideración que sólo mis ideas disparatadas. 

No digo que no podamos tener sueños y metas, al contrario, porque así podemos pasar nuestras vidas haciendo algo que nos llena el corazón, solo, no contemos en que en el futuro encontraremos la felicidad, porque si estás aburrido ahora lo estarás en todo lugar, es irremediable a menos que decidas actuar. 

Aprender que el control del mundo no nos pertenece enteramente nos ayudará a crecer en una manera sin precedentes. Cuando aceptemos esta verdad, podremos dejar de vivir esperando y nos veremos agradeciendo los momento que vivimos. 

Por último algo aprendí también, en esos momentos grandiosos, amicales, familiares, los cuales soñamos y vemos en las películas, llenos de amor, perfectos. No vienen del cielo ni se limitan a la realidad de una postal; lo que sí, son espontáneos. Entonces no nos perdamos esos momentos inadvertidos, que de tener un pie de limón deshecho puede pasar a un concierto en el balcón con canciones de una banda a la que nunca le pusiste atención. Esa es la magia del presente.

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