La vida después del Holocausto: entrevista a un sobreviviente

En diciembre del 2019 algunas alumnas del colegio San Silvestre conocieron a Lothar Rosenmann: un señor que nunca pensó que llegaría a los 93. Sin duda, al igual que él, nosotros hemos tratado de imaginarnos viviendo en el futuro una vez cumplidos nuestros anhelos ¿Y qué tal si el tiempo se congela y nos encontramos en un momento en el cual no alcanzamos imaginarnos un futuro? Esto le pasó a Lothar; vivir con un futuro incierto por naturaleza, y temible por los actos inconcebibles del régimen Nazi. 

¿Cómo fue la Noche de los cristales rotos?¿Qué pasó en Alemania?

La noche de los cristales rotos es considerado por Lothar como uno de los momentos más importantes de su vida hasta este momento. “Uno dice, eso es exagerado, no va a ser tanto”; sin embargo sí lo fue. 

En la noche entre el nueve y diez de noviembre de 1938, viene un carro abierto negro de la policía donde podían caber alrededor de 10 personas. Bajan dos policías uniformados de negro: altos y flacos. Bajaron bruscamente, y rompieron la puerta de madera de los vecinos del frente de la familia Rosenmann. Subieron al segundo piso, donde estaba viviendo una pareja mayor judía. Fueron bajados y puestos en el carro casi tirándolos. Lothar, quien veía la escena con tan solo doce años de edad por una apertura horizontal de sus gruesas cortinas. “Nunca más volvimos a ver a nuestros vecinos.”

Incluso siendo niño, Lothar se pudo dar cuenta de por qué se le llamó La noche de los cristales rotos. Se dirigía al colegio el siguiente día por lo cual, salió de su casa y tomó puntualmente el tren que salía cada tres minutos.. El tren estaba rebosante de personas en ese momento, sin embargo un pasajero le dijo que quedaba un asiento un poco más lejos. El asiento se trataba de un cajón, donde se guardaban mangueras de agua para apagar incendios. Al sentarse, una señora próxima a los sucesos exclamó “¡¿Por qué sienta a este muchacho ahí?! No le corresponde”. Pero en ese día, todos se dieron cuento lo que verdaderamente no les correspondía a los judíos – ser oprimidos, perseguidos, arrestados injustamente, ni ser asesinados por ser clasificados como un falso enemigo. 

El pequeño Lothar de doce años de edad llegó a su destino pasados diez minutos. Cuando subió a la calle, su inocencia se encontró cara a cara con los espantosos eventos de la noche anterior: las vitrinas y ventanas de las propiedades y negocios pertenecientes a judíos estaban rotas, los objetos detrás de ellas desparramados, y al final de la calle, un gran incendio destruía una edificación representando la fortaleza y la unión de los judíos, “habían incendiado nuestra única sinagoga.” Lothar no fue al colegio ese día.

Ahora, demos un paso atrás y veamos cómo era la vida de Lothar antes de que el partido nacionalsocialista obrero Alemán, Nazi, ascendiera al poder. 

¿Cómo eran sus días en Alemania cuando eras un niño?

Los días de semana eran días de colegio, y los fines de semana eran pasados en familia, cuando Lothar vivía “una vida muy variada”. Vivía con sus padres y su hermana Edith (cinco años mayor que él). Según lo que relata, en la década de 1930 y 1940 cuando vivió su niñez, él y su familia solían aventurarse al campo, a la playa, o al bosque estando en Alemania. 

Hasta que llegó Adolf Hitler y todo se fue reduciendo a “prohibido, prohibido, prohibido”.

Y es que se vivió una época muy dura de división en el territorio ocupado por alemanes en esas épocas. 

La paz que vivían  los habitantes en Alemania terminó luego de que Adolf Hitler, ascendiera al poder con visiones antisemitas (que muestran hostilidad hacia personas judías) para Alemania y sus futuras extensiones. Desde entonces, no solo para la comunidad judía sino para muchas otras comunidades, hubo un freno en el camino de libertad. Hitler escribió un libro llamado “Mein Kampf” o “Mi lucha”, en el que  se plantea la ideología Nazi, la cual fomenta la división social a través de la existencia de “razas inferiores”: los rumanos, polacos, homosexuales, soviéticos (comunistas) y afroalemanes, eran pertenecientes a esta división, mientras que personas que profesaban la religión Judía y Cristiana, pertenecientes a los Testigos de Jehová, se les consideraban como el Enemigo. 

Desde despedirlos de puestos altos de trabajo  hasta asesinarlos, los judíos fueron un objetivo fijo para los Nazis. El régimen Nazi tenia control absoluto de la prensa. En los colegios se introdujeron materias relacionadas a “teoría racial”, artes marciales y tiro, mientras que en las universidades, el sentimiento nacionalsocialista era más fuerte y se organizaba la quema de libros considerados anti-alemanes, escritos por autores que no presentaban su misma ideología. 

Para Lothar, un estudiante, el repentino cambio de régimen puso su vida escolar de cabeza. “El cambio de escuela fue obligatorio” para él. No tenía a dónde ir, ya que no podía asistir a un colegio con estudiantes que no fueran judíos. Sin embargo sus padres pudieron encontrar un colegio hebreo grande, abarcando primaria y secundaria, que se encontraba casi desbordándose por el mismo hecho que varios de los alumnos eran transferidos  obligatoriamente a él. Lothar estuvo su último año y medio en Alemania en este colegio, donde cuenta que “(sus) compañeros no eran muy simpáticos, hasta que se dieron cuenta quién y cómo (era)”, porque ahí en cuanto a religión “todos (eran) iguales”; no había razón para sentir rechazo alguno por parte de antisemitas. 

Por otro lado, la guerra no parecía ni tener un final cercano ni una resolución pacífica para la comunidad judía fuera del salón de clases. “Era urgente salir a Perú… ya habíamos encontrado un refugio ahí.”

Y nosotros estábamos cada vez más temblorosos porque íbamos a volver a la miseria.”

¿Cómo elige su familia emigrar a Perú?

“Mi mamá le escribió a los hermanos de mi padre que vivían en Brasil.” Los Rosenmann de Brasil procuraron encontrar un refugio para los Rosenmann de Alemania, y así fue. Pudieron encontrar dos lugares que les parecieron seguros: Bolivia y Perú. Lothar relata que su mamá cogió su cuaderno de geografía, y tras ver la ubicación de aquellos países desconocidos, decidió que no emigrarían a la ciudad boliviana porque estaba “en el interior, a 5000 metros sobre el nivel del mar (Lothar muestra una cara de susto)”, y su mamá dijo “yo quiero frente al mar”, entonces escogieron Perú.

¿Habían escuchado del Perú antes como para tener expectativas de su futura vida aquí?

 “Nada. Yo no pensé nada, mis padres no pensaron en nada. Solamente vimos el mapa.”

¿Qué nos puede decir de los comienzos de su vida en Perú?

“A medida que pasan los años, el cuerpo y la mente se van adaptando a las costumbres.” Lothar dice que le era bien extraño ver a las personas escupir “en la calle, en el restaurante,    ¡en todas partes!, porque esa no era (su) costumbre. Hoy día ya no existe; eso ya pasó,”.

Aún así, Lothar nos cuenta que su vida en el Perú al comienzo no fue perfecta;  entre terremotos jamás vividos, asustarse de los ruidos de las calles de Arequipa sin pensar que era por la época del carnaval, hasta ver símbolos antisemitas en ciertas tiendas, Lothar y su familia sabían que no iba a ser fácil adaptarse a una nueva vida que podía no ser completamente distinta a la que habían vivido en Alemania. No obstante, apostaron por una vida en tranquilidad y se aventuraron a ella.

¿Usted se enteraba de lo que pasaba en Europa y el resto del mundo durante la guerra mientras que vivía en el Perú? 

Lothar Rosenmann, 93 años

“Sí, porque leíamos El Comercio. El diario El Comercio nos informaba lo bien que iban los alemanes. Estaban avanzando, cruzando la frontera rusa, a una corta distancia de Moscú. Y nosotros estábamos cada vez más temblorosos porque íbamos a volver a la miseria. Felizmente después cambiamos de periódico a La Prensa. Compramos varios años La Prensa, que era decente, atenta (a todo lo que sucedía por todos los bandos) y no habían insultos. La Prensa era subjetiva al lado americano-inglés.” Siguiente a estos cambios realizados por varios peruanos, El Comercio, que era subjetivo al lado alemán, fue derrotado por la Prensa y para regresar a flote, El Comercio “contrató a sus mismos escritores, pero que interiormente habían cambiado”. Luego de estas palabras, Lothar nos cuenta que durante el año un grupo de El Comercio lo fue a visitar para  incorporarlo en un documental llamado “Sobreviví al Holocausto”. 

¿Cuál ha sido el momento más feliz de su vida? 

Es difícil decir. Yo creo que si hubiera ganado el medio millón… (todos nos reímos).” Sin embargo, no le es difícil recordar el tiempo que pasó con su familia viniendo a Perú, “y (salieron) de la miseria en la que (estaban) en Alemania.” También resalta  su llegada a Arequipa, ya que todo lo que los Rosenmann vieron era distinto a lo que estaban acostumbrados en Alemania. Es más, cuando estaban en Perú pudieron viajar a Brasil y alrededor de “diez veces a Estados Unidos; cada vez era una alegría”

“Una vez pasada la guerra y la maldad” involucrada en ella, invitaron a los refugiados judíos a Alemania con la aerolínea antigua alemana Lufthansa. Todo era distinto.

¿Alguna vez perdió la fe durante el transcurso de la guerra?

“Yo perdí la fe cuando estábamos en Perú los primeros años y mientras estaba en Berlín también.” Lothar pudo recuperar la fe cuando junto a su familia, subió al barco con cien personas más, “todos para ir al mismo destino.”

“Si tuviera un borrador, borraría todo. Pero la memoria queda.

¿Qué le diría a las personas que se encuentran frente a cambios y dificultades como usted? 

Si “Los adultos no sabían ni dónde estaban parados…” los niños tampoco. 

Los chicos eran los obligados a entrar al grupo juvenil Nazi: se ponían uniforme militar marrón, una bayoneta a un costado, y ellos se sentían grandes; tenían alrededor de 7 años algunos.”  Obligados por los mayores, su deber era informar quiénes eran y qué hacían ciertas personas en las calles. Ellos eran considerados los delatores por la policía Nazi, pero para el resto, eran niños con un uniforme de adulto. Este movimiento en la juventud empezó mucho antes de que la guerra estallara o que el partido Nazi tomara el poder. Desde los 1920 los niños pertenecientes a las juventudes hitlerianas y sus divisiones para mujeres, niños y jóvenes, tuvieron una formación militar e ideológica para estar listos y dispuestos a luchar en cuanto estallara la guerra. Fueron arrebatados de sus infancias y adolescencias para servir al Führer tras ser víctimas de un fanatismo ciego. Ellos podrían haber sido la siguiente generación que apoyaría al régimen Nazi, pero en su momento servirían en el campo de batalla cuando lleguen tiempos desesperados. 

¿Usted cree que si los chicos del grupo juvenil Nazi se hubieran rehusado a formar parte del grupo,  los Nazis no hubieran tenido tanto apogeo en la juventud?

Es difícil creer que un chico de cinco, siete, ocho, nueve años, pueda decir o opinar algo, cuando la gente mayor tiene el mando.” 

¿Qué piensa acerca de las adaptaciones que se han hecho basadas en hechos reales de La Segunda Guerra Mundial?

Después de acabar la guerra, cuando ya todo se apartó no faltaba ni película, ni compilaciones, ni libros, ni historias. Nadie piensa en lo peor; uno piensa que es una etapa, como una película que pasa. Pasó la película y se acabó.” Pero la magnitud del impacto que tuvo la guerra y la shoah (holocausto) fue inmensa. 

 “Yo mismo escribí mis memorias en cuanto terminó la guerra y estaba en el colegio.” Es más, las escribió con la máquina de escribir estadounidense que su hermana le había regalado apenas llegó a Estados Unidos, donde reside actualmente. “Hasta hoy día la tengo” nos informa Lothar. 

“Las películas que se han hecho ambientadas en hechos reales de la época son de gran variación pero tienen verdad en ellas.”

¿Cómo se siente ser un sobreviviente del Holocausto? 

“Puedo decir que estoy bastante tranquilo, que he hecho una buena labor, y me siento seguro.”

A los 91 años Lothar comenzó a contar su historia. Patricia, que trabaja en el Centro Educacional del Holocausto en Lima, y nos pudo acompañar a la entrevista, nos cuenta que “por 91 años no contó su historia.” Sin embargo, hace dos años entendió que es muy importante que “jóvenes sepan realmente de él: lo que vivió y sintió; no que te lo cuente un libro.”

Además de participar en el documental de El Comercio con 500,000 vistas, Lothar a dado 48 charlas, “me faltan dos para cincuenta”. Además, el Centro Educacional del Holocausto en Lima ha recibido en el 2019 a 4123 estudiantes no judíos y 127 turistas que desean aprender, investigar, y compartir el mensaje propio de la Shoah (holocausto). 

“Si tuviera un borrador, borraría todo. Pero la memoria queda.” Estas son las palabras de Lothar que retumban en mi mente. Creo que con la noción de la perfección en la vida, los defectos son más vulnerables a escabullirse en las acciones. Sin embargo, estos defectos no deben ser ignorados, más bien deben ser recordados para que nunca se niegue ninguno de los numerosos delitos cometidos, que bien podrían ser borrados y cometidos en un futuro. 

Muchas gracias Lothar por recibirnos en tu casa y compartir tu historia junto a Patricia. Aranza, Celine y yo nos sentimos muy contentas de poder haberlo conocido.  

Fuentes: 

https://elpais.com/elpais/2016/10/30/eps/1477778806_147777.html

https://www.annefrank.org/es/ana-frank/en-foco/alemania-1933-de-la-democracia-la-dictadura/

https://www.dw.com/es/10-de-mayo-1933-quema-de-libros-por-los-nazis/a-16805510

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