David

La esplendorosa y reluciente estrella de magnitud kilométrica se asomaba entre las dunas de arena quemada, aquellas partículas tan livianas que el viento arrastraba fácilmente en la frescura de la madrugada. Las nubes conglomeradas, compactas en el cielo imitando a un cuadro barroco con miedo al vacío. La luz del sol lentamente perforando la fina capa de neblina creada por el mar para conservar su frescor. 

El Océano Pacífico, que nunca hacía justicia a su nombre, decidió honorar el día haciéndose casi imperceptible. Las olas calmadas parecían serpientes contorneándose con extrema delicadez, siguiendo una coreografía.    

David abrió sus ojos bruscamente, sus pupilas desconcertadas tratando de adaptarse a la ausencia de luz en su habitación.

Se asomó por la ventana y de un salto salió al amigable balcón al cual desembocaba su cuarto, donde logró vislumbrar el dormitorio de Micaela, su mejor amiga y vecina desde los 3 años. Observó el palacio como si nunca antes hubiera estado consciente de su belleza, una estructura española con influencia árabe del color que da el mar al reflejar el sol a las 5 de la tarde. Los techos, altos y respingados; los diseños, finos y elegantes; las paredes, llenas de relatos. Cada grieta contaba una historia. La primera, una rajadura en la esquina de la lavandería, del día en que Micaela estrelló su primera bicicleta; se habían desafiado a una carrera para ver quién era el más legendario velocista de Mollendo y la velocidad se le escapó de las manos. La última de cuando José, el padre de Micaela, tomó sus cosas y emprendió un camino a la nada, siendo desterrado de este pintoresco pueblito. 

Si aquellas paredes pudieran hablar, qué no dirían. Sus historias habían sido plasmadas en aquellos metros de concreto pulido, sus esencias yacían allí.  Todas las palabras del mundo no serían suficientes para contar esos cuentos. 

En el espíritu de la amistad y el patriotismo, David decidió emprender una última expedición en estas calles. 

La luz estaba expandiendo su dominio y poco a poco logró escabullirse entre los árboles y alumbrar a David en su trayectoria. Sus ojos resplandecían con la novedosa blancura del día, celestes como el agua más pura, sanos como el más feroz guerrero, dulces como el queso helado y temerosos como un niño pequeño luchando por convertirse en hombre. 

La playa no albergaba a nadie mas que a los incansables, hombres valientes que navegaban noche tras noche en esperanza de atrapar una oportunidad de oro.  Los botecitos se mecían con las olas del nuevo día. 

El amanecer llegó vigorosamente, lleno de energía. Parecía como si fuera la primera vez que el sol dejaba la infinita oscuridad y alcanzaba la tierna superficie de la tierra. David contempla sus alrededores, todo lo que puede ver es un paraíso. Único y únicamente para él. El sol parecía solo enfocarse en su delgada figura.

Delante suyo se encontraba el cuadro más bello y exclusivo del hemisferio. Una presentación de infinitos colores fusionados con el calor de las estrellas; en las cimas el azul más apasionado y conforme bajaba la mirada podía apreciar tonos de verdes, naranjas, y completa divinidad. Fue el cuadro más valioso en su colección, de ese último día en su amada playa, Mollendo.

Luego de dejar el colorido trance, siguió su camino hacia el final de la playa, casi desierta. Su cuerpo estaba en un estado de completa conciencia y salud. Su cabello liso, esponjado a causa de la brisa marina; su rostro fresco y brillant;, y sus ojos, del tono celeste de la mañana, parecían coloreados por ángeles, con las más finas pinceladas y más exquisitos colores. 

De pronto, una diminuta gota se escabulló de entre sus párpados, seguido de otra y otra. Eran lágrimas, lágrimas de menta, ardían pero refrescaban, y limpiaron su rostro de las duras noches. La inseguridad, la duda, la incertidumbre, la pena y la tristeza lo invadieron, y derribaron sus defensas de positivismo y esperanza. La idea de dejar Mollendo sin mirar atrás requería de mucha fuerza, la cual no tenía en ese momento. Él sabía que se tenía que ir, era lo mejor, su única oportunidad de salir de las dunas de arena y el mar que lo rodeaban. Lima, ahí tenía que ir. De igual manera, él sabía que no importaba lo que pasará, igual se subiría en ese camión rumbo al norte en pocas horas. 

Emprendió camino a su casa para despedirse de su familia, y cuando se estaba retirando de la playa vio como el verdoso mar se arrastraba y  se llevaba las diminutas huellas que había dejado marcadas hace tan solo instantes. Eso es todo lo que somos. Instantes.

Antes de entrar a su casa se detuvo y admiró desde afuera, como espectador, a su familia. Ya eran las seis y media de la mañana, su mamá y su papá se encontraban en la cocina preparando el desayuno. Su mamá, Hermilia, con su entallado mandil blanco amarrado a su cintura estaba exprimiendo unas naranjas, sonriente, mientras que su papá, David, con su elegante bigote y lentes circulares, estaba reclinado en la mesa leyendo el periódico. La casa estaba en perfecta armonía. Entró y abrazó a sus padres con ternura. 

Subió a su cuarto y sus dos hermanas, Laura y Judith, lo estaban esperando con corazones rotos. Ver a su hermano mayor, su protector y mas leal amigo irse, era inimaginable. Se abrazaron por un largo instante, las dos hermanas dándole a David toda la fuerza y esperanza que había perdido en la playa. 

Agarró su pequeño saco donde había metido un par de polos y agua para el camino. Con su corazón latiendo desesperadamente, y con sus ojos al borde de colapsar como represas, se despidió de su vida familiar. Se despidió de su casa, de las calles, de los árboles, y de los arequipeños que encontró en su camino. 

Se montó en el camión AKJ 055 junto al conductor, y serpentearon su salida hacía la carretera. En ese momento, con la luz del sol en su apogeo, podía ver una posibilidad, un sendero hacia el éxito. Y con su brillante mente, sí que lo logró. 

Cuatro días más tarde llegó a la capital lleno de ambiciones, sueños y determinación. Lima todavía no sabía con quién se estaba enfrentando. David, un hombre empático, cariñoso, y dulce, que llegaría a ser mi abuelo.

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