Poema: El Laberinto

Toqué las hojas del muro

pasé mis dedos por ellas

y caminé, rozándolas,

casi sin tocarlas.

Miré al cielo nublado

disparejo, sin sentido

y seguí caminando,

tomando la ruta más cercana

sin llegar a ningún lado

pero sin aceptarlo.

Toqué las hojas del muro

con mi mirada las observé

quieta las miré

y cogí una en mi mano.

Ella no tenía rumbo alguno,

ningún propósito importante.

Sólo se movería de su sitio

cuando al final de su vida cayera,

o si la enredadera creciera

y elevaría a todas,

aunque por su situación esto pareciera improbable

pero certero es que tornará marrón

y su río desembocará en el inmenso mar.

Estaba perdida.

 

¿Perdida?

Uno sólo se puede perder si tenía algún lado donde llegar

y tener la solución ahorita

volvería los muros más grises

y a las hojas más verdes.

 

Toqué el muro y se cayó.

Me volteé y había un vasto paisaje

y un cielo pintado de muchos colores,

en cada sitio algo familiar y diferente.

Nada tiene solución, todo tiene propósito.

Esto no es un laberinto gris y verde

con un centro más verdoso y más gris.

Es un paraíso infinito,

donde nada tiene sentido.

Sería horrible que lo tuviera.

 

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